Como un descanso a la política del día a día, adjunto el final de El Extranjero, sus dos últimas páginas, en las que increpa al capellán de la prisión y termina recapacitando sobre su vida. La música elegica para acompañarlo, 5:15 de The Who, tema de su “ópera rock” Quadrophenia. Que lo disfruten, si les apetece.
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¿Qué importaba si acusado de una muerte lo ejecutaban por no haber llorado |
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en el entierro de su madre? El perro de Salamano valía tanto como su mujer. La mujercita autómata era tan culpable como la parisina que se había casado con Masson, o como María, que había deseado casarse conmigo. ¿Qué importaba que Raimundo fuese amigo mío al igual Celeste, que valía más que él? ¿Qué importaba que María diese hoy su boca a un nuevo Meursault? Comprendía, pues, este condenado, que desde lo hondo de mi porvenir… Me ahogaba gritándole todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y me amenazaban los guardianes. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se dio la vuelta y desapareció. |
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Cuando salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con estrellas sobre mi rostro. Ruidos del campo subían hasta mí. Un aroma a noche, a tierra y a sal refrescaba mis sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido entraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, oí aullar unas sirenas. Anunciaban la salida hacia un mundo que ahora me era para por completo indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Comprendí por qué, al final de una vida, había tomado un «novio», por qué había jugado a empezar otra vez. Allá abajo, allá abajo también, alrededor de ese asilo donde las vidas se apagaban, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse liberada y dispuesta a revivirlo todo. Nadie, nadie tenía derecho a llorar por ella. Y yo también me sentí dispuesto a revivirlo todo. Como si esta enorme cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por vez primera a la tierna indiferencia del mundo. De encontrarlo tan parecido a mí, tan fraternal, en fin, comprendí que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo se consuma, para que me sienta menos solo, me queda desear que haya muchos espectadores el día de mi ejecución y que me reciban con gritos de odio. |




















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