Siempre coinciden las vacaciones con festividades religiosas -Navidad, Semana Santa- cuando tienen un indudable significado y contenido laicos. Como no estoy, voy a recordar la tristeza de Tino Pertierra, del que ya recogimos escritos en otras ocasiones. Este está publicado en su blog de La Nueva España y, como la mayoría de ellos, refleja una realidad triste y cotidiana:
El camarero aún recuerda la primera vez que la vio. Cómo no la va a recordar si todas las noches vuelve a proyectarla en su memoria cuando se acuesta y cierra los ojos y repasa todo lo que ha pasado durante el día, casi siempre casi todo malo, y al final para pasar la goma de borrar por tanto borrón recurre siempre a esa escena inicial porque está llena de insólita belleza dentro de un mundo tan miserable. Hacía frío, hacía mucho frío y él estaba harto, estaba muy harto porque había discutido con dos clientes con malas pulgas, uno se había quejado de que el café estaba demasiado cargado y el otro de que estaba demasiado suave. El local estaba lleno y la terraza vacía porque el repentino cambio de temperatura no invitaba a la intemperie. Y entonces llegó ella y se sentó allí donde nadie se quedaba. Elías, su compañero, se quejó de aquella decisión intempestiva y farfulló algo sobre la gente rara. Ya voy yo, se ofreció él y salió aunque había dos clientes por delante que le miraron con ojos asesinos. Ella se quitaba los guantes de lana roja cuando llegó a su lado. “Un cacaolat caliente”, pidió. Él se quedó clavado en el sitio como si no hubiera escuchado aunque lo hacía para obligarla a mirarlo. Y le miró y repitió la petición. Él asintió y cuando volvió con la consumición la vio escribiendo en una libreta que cerró al instante. Algo personal, sin duda. La libreta llevaba un nombre escrito: Emma. Volvió a mirarle y le dedicó una sonrisa que se apagó al nacer. Él salió dos veces más en los veinte minutos que la tuvo a su alcance para preguntarle si deseaba algo más y si tenía frío. De esas dos salidas surgió el resfriado que le desarboló varios días, y ella tal vez adivinó que era la culpable porque su inicial frialdad se caldeó y las siguientes visitas se saldaron con sonrisas más firmes. Un día, ella entró acompañada de un hombre, no se inquietó porque la relación parecía distante pero al merodear la mesa escuchó cómo él llamaba por teléfono e informaba a su interlocutor de que estaba con su mujer. Ella le vio mirarla con llagas en los ojos y en ese momento él supo que ella nunca más volvería a entrar en un lugar donde estuviera él.







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