El horror de haber estado encerrada ocho años con su captor, conmocionó al mundo hace poco tiempo; me estoy refiriendo a Natascha, raptada cuando era una niña y liberada todo ese tiempo después. Sin embargo, choca el hecho de que saliese de compras con su verdugo; ¿no puede escapar una joven de quince años de un supermercado?. Detrás de su historia se esconden numerosos interrogantes que, probablemente, nunca vean la luz pública y que, aunque no resten un ápice de culpa al delincuente, sí restan coherencia y credibilidad al conjunto de la historia.
Otro tanto sucede con este electricista austríaco. ¿Como es posible que tuviese a una hija secuestrada y violada repetidas veces en un sótano de una casa en la que vivía felizmente con su esposa y otros hijos?. ¿Es creíble que varias personas habitando un zulo de una vivienda unifamiliar pasasen desapercibidas para el resto de los ocupantes del edificio?. ¿Quién, como y cuando les daba de comer?… Los interrogantes son muy numerosos y, en este caso, no estoy seguro de querer saber la verdad.
Natascha pudo sufrir un “síndrome de Estocolmo” con su secuestrador, lo cual es justificable. Este tal Fritzl debió contar con apoyo externo, incluso de su propia familia, para esta salvajada, y eso es mucho más terrible todavía.





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