Por Tino Pertierra
Elena tenía 19 años y Alberto 26 cuando fueron al cine a ver «Desayuno con diamantes», él estudiaba tercero de arquitectura y ella iba a corte y confección. La pantalla los aceptó en um mundo de colores suaves y amores agridulces y ellos agradecieron el regalo convirtiendo «Moon river» en su canción. A Elena siempre se erizaba el vello cuando veía a Audrey Hepburn bañándose en el río de la luna bajo la mirada fascinada de George Peppard, y no sólo porque les gustara la música de Mancini sino porque les recordaba muchas cosas vividas juntos. La orquesta la tocó en su honor el día de la boda, y aunque la versión era un tanto pachanguera a ellos les pareció que estaban bailando en Nueva York bajo lunas llenas de espejos y ríos de gente bañados en glamour. Con el paso de los años, el poso de «Moon river» se mantuvo inalterable en su código secreto de complicidades, y todos los aniversarios de boda bailaban la canción, primero en disco, luego en cassette y finalmente en CD. Cuando la proyectaban por televisión, sus manos siempre se desplazaban del lugar donde estaban para entrelazarse al llegar la escena cumbre: Audrey en el marco de la ventaba con su guitarra y su canción lunática, Peppard escuchándola con ojos de cazalunas. Tuvieron tres gatos y a los tres los llamaron «Gato», nuevo peaje por la sumisión a la nostalgia. Y a sus hijos les pusieron de nombre Jorge, por George, y Aurora, porque las dos primeras letras coincidían con el de Audrey. Cuando llegaron las bodas de plata, él removió cielo y tierra para encontrar una caja de música en la que sonara «Moon river». Le costó un ojo de la cara, pero a cambio ella le recompensó con un reloj comprado por unas amigas en… Tiffanys. Por supuesto. Y se lo dio mientras desayunaban. Por supuesto. Elena murió a los 64 años. Infarto cerebral. Durante el funeral, Alberto hizo que sonara por los altavoces de la iglesia «Moon river», y nadie de los allí presentes supo por qué en lugar de música religiosa sonaba aquella canción de una película de colores agridulces y amores suaves, de lluvia sin salida y callejones en fuga. Alberto cerró los ojos mientras Elena cantaba en el marco de su memoria y sintió, como si ocurriera en ese momento, el roce de su mano en el reposabrazos de la butaca, y volvió a ver sus ojos húmedos bajo la luz polvorienta del proyector, y volvió a recordar las palabras que pensó en aquel momento: quiero desayunar contigo el resto de mi vida. Y Elena debió leer su pensamiento. Porque sonrió.
Antes de irme unos días, os dejo esta historia amarga de final feliz, bueno de una final sin el desarraigo que suele acompañar el texto de Tino Pertierra. No sé donde iré los próximos días; tal vez no haya acceso a la red, tal vez me aleje de mis amigos cibernéticos… Estoy seguro de que no será así; encontraré en algún lado cobertura, algo, para poder seguir ahí… y aseguro que habrá una entrada nueva cada día, como siempre… Estaré ojo avizor a los comentarios y con el espíritu más descansado por las vacaciones reglamentarias.
Buen verano a todos
Comentarios recientes