Silvia
Y él se dio cuenta entonces, y sólo entonces, de que ya no le apetecía seguir en aquella partida amañada donde importa más la derrota ajena que la propia victoria. Llegar al fondo del éxito no fue fácil, le llevó su tiempo y gracias a eso pudo acostumbrarse sin sobresaltos a la pestilencia de la ganancia. Fue un proceso gradual y sistemático que se inició cuando sus jefes le pidieron por lealtad que fuera desleal a sus principios. Y aceptó. Al poco tiempo, asumió la responsabilidad de convivir con la infidelidad de su pareja como forma de pagar sus propias andanzas en ese campo. Casi al mismo tiempo, su hija Luisa fue ingresada en una clínica para limpiarse de basura de diseño y uno de sus mejores amigos le demostró que era su peor enemigo. Entre fraude propio y fraude ajeno se empeñó en sacrificar sus últimos restos de ilusión en sí mismo con una descabellada apuesta por la codicia en estado puro, y como resultado de tanta tormenta íntima llegaron los escombros y la intemperie. De ahí sólo podía surgir un final o un nuevo comienzo, y sin saber por qué merecía el inesperado regalo, conoció a alguien que impidió lo primero y cimentó lo segundo. Se llamaba Silvia y poseía el don de ver más allá de las barreras con las que se esconde la gente. Algo vio en aquel tipo de gesto arrogante y mirada triste para impedirle que siguiera agusanando su conciencia. Esperó a que él se fijara en ella, esperó a que confiara en sus palabras, esperó a que comparase su vida a su lado con la que le esperaba fuera, y entonces, y sólo entonces, se dio cuenta de que ya no le apetecía seguir jugando con trampas, y se retiró de la partida para ganar perdiendo.
Tino Pertierra
Felices vacaciones a todos







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