Recuerdo haber estado en este restaurante hacia 1.993, cuando tenía de postre nata pingona, que le fue retirado por falta de registro ante la autoridad competente; se conoce que los asturianos teníamos postres de lujo poco saludables. No cambió su aspecto ni su humor, pero mejoró la cocina, las instalaciones y la carta.
El olor de un tiempo pasado flota en todo el establecimiento, solamente adjunto dos fotografías, una del exterior del establecimiento, y otra del interior, junto a la escalera que sube al comedor. El banco, el retrato y el espejo con sombreros y paraguas dan idea de la peculiar decoración del local; el comedor, con una televisión de los años cincuenta y un servicio de te decimonónico, viene mejor fotografiado en la propia guía del restaurante.
Un paseo por Malleza, muy bien señalizado, ayuda a la digestión y completa una agradable jornada. Imprescindible.







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