Obituario / JUAN FLORES DOMINGUEZ
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El verdadero Azarías
DAVID VIGARIO
Su boca destetada ya no pronunciará más «Milana bonita», aquella frase cargada de cariño a pesar de su tosco aspecto, y gracias a la cual se le seguirá recordando con el paso de los años. El pasado 24 de agosto falleció en la localidad pacense de Alburquerque, su pueblo natal, Juan Flores, el inculto campesino extremeño cuyo personaje encarnó magistralmente Paco Rabal en Los santos inocentes, en uno de los grandes papeles de la carrera del actor y que le valdría el premio a la mejor interpretación en el Festival de Cannes.
Rabal convivió con Flores, apodado Barrunta, durante varios meses antes de rodar la película. Su objetivo era ir emulando día a día todos sus gestos, sus costumbres -tan rudas como humildes y honestas-, sus andares brutos o su vozarrón apenas inteligible. El intérprete aprendió del labriego que orinarse en las manos no era ni mucho menos tan despreciable, porque aliviaba el dolor que produce el frío extremeño de madrugada o las heridas de las largas jornadas de trabajo en el campo. Quizá esta anécdota haya pasado a categoría de la mano del escritor Miguel Delibes, quien escribió una obra realista, reforzada luego con la película de Mario Camus, donde describía con acierto la servidumbre de muchos campesinos extremeños, que trabajan en el cortijo para los señoritos llegados de Madrid a pasar sus días de asueto y disfrutar de las jornadas de caza tan abudantes en Extremadura.
El personaje de Azarías en Los santos inocentes no sólo le sirvió a Rabal para entablar una gran amistad con Flores, sino que el papel significó un punto de inflexión en su madurez como actor. Desde entonces, su carrera iría de éxito en éxito hasta su muerte.
El actor murciano se implicó tanto con el personaje que incluso le compró a Flores su viejo pantalón de pana, con la bragueta sin botones, su roída chaqueta y su vieja camisa, no teniendo que desembolsar nada por los zapatos porque simplemente no los llevaba nunca. De día o de noche, jornada tras jornada, ésta era la misma vestimenta, sin cambios, sin recambios, sin limpieza regular salvo cuando su hermana Régula -mujer también vasta, pero con modales, y que se encargaba de la servidumbre de la marquesa y sus hijos- acertaba a lavarlas. Habitualmente, ello tenía lugar cuando el olor era ya tan insoportable que terminarían echando a Azarías de la Jara (en la ficción, no en la vida real) por falta de higiene.
Flores era un apasionado de las aves y en concreto de su búho, al que había amaestrado y bautizado como Milana. La película pone de manifiesto todo el cariño y bondad que Flores le profesaba a su mascota, un aprecio que él no recibía de esos señoritos con el dinero por castigo pero de ética dudosa. En el filme de Camus, esta situación queda perfectamente ilustrada por una escena, ésa en la que el señorito Iván obliga a Paco el Bajo (interpretado de forma sublime por Alfredo Landa, también premiado en Cannes), a salir a cazar a pesar de tener rota una pierna, aprovechándose de su gran ofalto y tratándolo por tanto como si fuera su perro fiel. Llegaba entonces el desenlace, con la muerte de Milana por un escopetazo bastardo, y la subsiguiente venganza -fría, calculadora- del rudimentario Azarías, que da muerte al señorito. Una excelente metáfora del cruel destino de los pobres, de la diferencia de clases, de aquel que sólo sirve para desplumar aves y mearse en las manos para que no se agrieten, sin más provecho en su vida.
En la vida real, Juan Flores -que jamás fue al cine- sólo se puso delante del televisor una vez para ver una película, ésa donde Paco Rabal le interpretaba con sus hipérboles quizá no tan exageradas, mostrando al gran inocente de mirada tierna y noble, aquel que trabajó en el campo desde los cinco años hasta que, prácticamente, falleció. Sólo cinco años antes tuvo la oportunidad de jubilarse, aunque para entonces su mejor interpretación ya había terminado.
Juan Flores, agricultor, nació hace 71 años en Alburquerque (Badajoz), donde falleció el 24 de agosto de 2008.
No hace falta añadir mucho más a un comentario que puede hacer saltar las lágrimas a cualquiera. La esclavitud dio paso al caciquismo, y ni siquiera hoy en día estamos libres ni de la nueva esclavitud -el tercer mundo- ni del caciquismo de conspicuos empresarios y políticos. A veces se siente uno dotado de un olfato especial, y teme ser utilizado como perro; si no, que se lo cuenten a Miguel Delibes







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