Es incomprensible que se pague por un jugador de fútbol noventa y cinco millones de euros, es aún más incomprensible que suceda esto mientras se pasa hambre en el mundo, aunque eso es otro cantar, y siempre tiene menos importancia porque queda lejos. Es increíble que alguien calcule unos ingresos anuales de ciento veinticuatro millones de euros por estos jugadores, de modo y manera que la operación de Florentino, además de hinchar el pecho de algún forofo desaprensivo, puede resultar un éxito en lo económico, que es lo suyo, sobre todo disparando con pólvora ajena.
Si en estas líneas criticábamos hace pocos días a un personaje como Belén Esteban, no podemos dejar de hacer lo mismo con estos “cracks” del deporte rey; sin cuestionar si es grande, o no, el mérito de atizar patadas a un balón con más o menos puntería, lo que resulta desproporcionada es la repercusión social de sus habilidades. Creamos ídolos del balompié como del “cuore”, y los sacamos a los medios, utilizando tanto a las estrellas como a la ciudadanía que admite ese tipo de manipulación. Me alegro de que estos dos muchachos jueguen bien al fútbol, pero mucho me temo que no seré testigo de su virtud balompédica ni a través de televisión, ni en directo o prensa escrita. La vida ofrece cosas mucho más interesantes que a Belén Esteban o Kaká. Allá ellos.







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