Tiene razón Dª Lucía cuando recoge los datos históricos de D. Florentino; este hombre tiene el mérito de ser un gran político que camina medio en la sombra, para hacer las operaciones más rentables a sus intereses y los de sus inversores. Pero ahora, que como acertadamente señala la autora del artículo, que los autónomos rebuscan en los contenedores y nuestro país supera los cuatro millones de parados, gastarse noventa y cuatro millones de euros en un futbolista con fama de golfo, es una obscenidad.
Ignoro si Paris Hilton consiguió su propósito de cambiar la vertical –o casi- del futbolista, por una horizontal más dinámica que le permitiese colgarse la medalla de haberse pulido al hombre más caro del mundo de forma gratuita. En todo caso, si se pagan más de quince mil millones de las antiguas pesetas, por un jugador de fútbol, el patrón ha de tener controlados hasta los orgasmos del muchacho. Correrse tres veces en una noche, resta fortaleza física, que precisará al día siguiente para marcar el gol antológico a cuarenta metros. ¿Controlaremos mediante una cámara el onanismo de Cristiano en las concentraciones del Real Madrid?. Esta espiral de disparates contrasta vivamente con la imagen que Lucía proyectó en mi cabeza: La del oficinista de turno en cualquier entidad bancaria, denegando un préstamo, que también él mismo precisaría, a cualquier familia en apuros. Mientras tanto, el presidente de la entidad con Florentino, entre botellas de champagne y restaurantes de alto nivel, cierran operaciones indecentes para la moral que cualquiera de nosotros. No puedo pedir que les aproveche, tengo que rebelarme contra el abuso y el despilfarro, en un país que tiene ciudadanos hambrientos o inmigrantes en condiciones infrahumanas.







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