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Atlántico

El habitual colaborador de este espacio para las fotografías, tomó esta instantánea una mañana frente a la costa del Atlántico, durante el invierno. Ni siquiera recuerdo donde me dijo que fue disparada. En todo caso, siempre me trasladó la sensación de frialdad, entre la arena azulada y la bruma que oculta el horizonte, presagiando un naufragio anunciado. La disculpa de que cualquier tiempo pasado fue mejor es un atavismo, y todos tenemos algo de ave fénix, renaciendo siempre de nuestras propias cenizas. La marea bajaba, pero solo para volver a cubrir la playa pocas horas más tarde. Para entonces estaríamos todos lejos de ese paisaje desierto, de silencio roto por la voz ronca de un mar que sigue en eterna guerra contra sí mismo.

El restaurante

La primera vez que vi este restaurante fue hacia mil novecientos ochenta y nueve, y no pude reproducirlo en este espacio hasta que un buen amigo, aficionado a la fotografía, me remitió esta instantánea de un lugar que me impactó por la combinación de la serena belleza del canal, la situación en centroeuropa y la antigüedad de los edificios. Más allá de esta descripción prosaica del entorno, me dije que era el lugar idóneo para una cena romántica, paseo entre los canales incluido, y hasta con carruaje, si se tercia.

La primera vez que vi este restaurante quedé sobrecogido por el emplazamiento, el lujo y cierta elegancia tan discreta como decadente; estaba lejos de acceder a tal establecimiento ese verano que rodábamos por Europa consumiendo más aceite que gasolina y durmiendo de milagro, que no es poco. La juventud puede con todo y el recuerdo quedó tan lejos como improbable el regreso.

La última vez que vi este restaurante, encontré la misma belleza de su entorno, el mismo glamour, pero entonces, entrar, o no, me era por completo indiferente. Sin haberme dado cuenta, quien cambiaba era yo, no la hermosa terraza que se deja ver del otro lado de la calle. Había pasado delante de ella una parte de mi vida, la parte que me ha visto cambiar, pasando de la admiración y la curiosidad, a la indiferencia, lo que entraña siempre, una dosis más o menos importante de desencanto.

Aveiro

Portugal tiene mucho de lo nuestro, o al revés, que también es verdad; en estas fechas recordé Aveiro, hace ya muchos años, cuando un buen amigo me envió esta fotografía de un canal, iluminado con luces navideñas. Aveiro, como Oporto, también tiene algo de colonial, mientras su plaza del pescado, nos traslada unas cuantas décadas más atrás. En el canal de san Jorge hay niebla que oculta la entrada a un pequeño figón donde se come bien y se bebe mejor, quitando el frío de la calle. Al fondo, el ruido de la autovía suena lejos y contrasta con el silencio del agua quieta del canal, mientras la bruma se extiende poco a poco entre las barcazas. Mañana no lloverá y eso hace más fácil el viaje de regreso.

Reflexión

Hoy es la jornada de reflexión y por ello no hablaremos de política, que bastante hemos tenido las pasadas semanas. Gijón es una ciudad hermosa y un buen amigo mío gusta de retratarla muchas veces, porque dice que cada ocasión es diferente. La imagen del día, que puede ampliarse a su tamaño original (botón derecho del ratón, ver imagen) es un montaje con bastantes defectos, pero el resultado de la premura con la que fue procesada, aunque malo, no resta belleza al enclave ni a la luz del día en que fue tomada. Nuestra ciudad es un lujo por su clima, sus posibilidades y también por su particular belleza, además de encontrarse asomada al mar. Yo creo que no podría vivir en una ciudad alejada de la costa; en los momentos críticos, en los ratos tristes; cuando las preocupaciones pesan más que la ilusión, escuchar el murmullo de las olas es terapéutico; si además tenemos la ocasión de ver el puerto deportivo como luce en la fotografía que no le hace mérito, tanto mejor.

Toró

En Asturias llueve con frecuencia, el cielo se encapota y el mar se cuela entre la caliza desgastada, para saltar a través de los “bufones”, típicos de la costa oriental. La fotografía tiene unos diez años y fue tomada con una cámara automática, que deja bastante que desear frente a las más modernas. La playa de Toró es popular, sobre todo desde que Fernando Fernán Gómez paseó por ella mientras encarnaba al conde de Albritt, pero a mi me recuerda noches más tranquilas cuando, siendo estudiante, tomaba un vaso de vino en la madrugada, mientras contemplaba un mar más reposado. Llanes es “atopadizo” para el turista, y cuenta con una innegable belleza natural. En los últimos años se lo ha comido la especulación, cuajándose de inmuebles vacíos casi todo el año y concebidos solamente para el descanso estival. No es malo, pero pasear entre casas cerradas durante el invierno, traslada la sensación de un pueblo muerto, lo que está lejos de la realidad. Prefería la villa marinera de hace algo más de un cuarto de siglo, cuando todavía se pescaba desde su pequeño puerto y desde el muro que se ve al fondo de la imagen y contra el que golpean las olas. Se anunciaba Campo Viejo en grandes carteles estratégicamente colocados en la carretera, mientras uno llegaba en Vespa a disfrutar unos pocos días de asueto. Hace ya demasiado tiempo.

Mikonos

La instantánea fue tomada por un amigo mío desde la cubierta novena de un buque de pasaje, hace ya algunos años. Mikonos ofrece una belleza peculiar, un atardecer luminoso y el color azul marino del Egeo, único en el mundo. Las casas blancas contrastan con los paquebotes cargados de turistas que llegan a su costa, como violentando la paz que se respiraría por sus calles estrechas si no estuvieran tan atestadas de gente. Matt Damon buscó, cuando encarnaba a Jason Bourne, a su novia, en una tienda de alquiler de ciclomotores próxima a los molinos de viento, que hace años ya no funcionan. En la película, trasladaba la paz y el alejamiento de una civilización que había sido muy dura con su protagonista, pero desde la novena cubierta de un buque, solo se aprecia la sustancial diferencia con los pequeños barcos de pesca o de recreo que atracan en el puerto deportivo, que no es sino un verdadero intruso en un espacio que no le pertenece.

El turista “accidentado”.

Stefan Ramin, en la fotografía, al parecer un consejero ejecutivo de Hamburgo de cuarenta años de edad, terminó por ser el segundo plato de unos aborígenes acostumbrados a cierto tipo de carne. Al parecer, seguía las huellas de “Taipi, un edén caníbal”, obra del autor de Moby Dick, pero se lee en la prensa, que hacia este viaje desde el año 2.008. No está mal, para un ejecutivo, tomarse unas vacaciones de tres años, lo que resulta más chocante, es destinar el largo período de asueto, a la búsqueda de un lugar en el que uno puede formar parte del menú. De otro lado, sigue admirándome poderosamente, el convenio laboral que se aplica a este ciudadano alemán: A tenor de lo que se estila en nuestro país, para disfrutar de tales vacaciones, debería llevar trabajados no menos de treinta y seis años, o sea, que debutó en el mundo laboral con cuatro añitos, menuda vocación tenía el muchacho. Tal vez fruto del desorden que provocó en el infante un temprano contacto con el trabajo, nació esta necesidad de arriesgarlo todo para conocer el riesgo de asarse en una cacerola, o como sea. A su novia la violaron, se conoce que tuvo más suerte, y pudo volver viva a casa, para contarnos lo trágico y rocambolesco de su periplo polinésico. Lo supongo muy atractivo, pero les aseguro que en la vieja y civilizada Europa, existen multitud de rincones con encanto o interesantes, menos arriesgados y sobre todo, tremendamente civilizados. Solo la mala influencia norteamericana nos hace comer hamburguesas, pero eso lo consideraremos siempre como un pecado menor.

El puente

Lo prometido es deuda; este es el puente sobre el Duero, o al menos, parte de él. La fotografía me evoca otras imágenes del mismo lugar, a diferentes horas y con personas distintas, es que este puente da para mucho y a la gente le gusta retratarse bajo  su entramado de hierro. Oporto está cerca, es hermosa y se come bien; el puerto gasta además, el encanto de ciudad colonial con ambiente de novela negra, y yo echo de menos el pasear por sus calles y por la orilla del Duero, con la resignación amable que me dejan estas imágenes que algún amigo mío tomo ya hace demasiado tiempo.

Fados

Oporto tiene algo de colonial, o mucho, que también es posible. Portugal resulta siempre atractiva para un excursionista despistado que termina por escuchar fados en el centro de una ciudad que ya se ha volcado también con el turismo. La mayoría de los rincones de Oporto, trasladan a uno a una época pretérita, no demasiado lejana, con el encanto trasnochado de locales como en el que esta mujer cantaba en directo a los comensales. La memoria otoñal es selectiva y se deja guiar fácilmente hacia el recuerdo nostálgico de cierto tiempo pasado que no fue necesariamente mejor. Además, la imagen no es evocadora de nada más allá de un establecimiento ajado por el uso y no excesivamente moderno; el puente sobre el Duero queda mucho mejor y adorna más el espacio, pero no provoca el sentimiento que me despierta la fotografía de nuestra entrada de hoy. Y se preguntarán por qué les cuento hoy este rollo, y no hay razón alguna, más allá de esta melancolía estacional que nos contagia un poco a todos, como esa naturaleza que amarillea con este tiempo inusualmente caluroso. Además, hay luna llena. Pasado mañana, el puente.

Harold Hackett

Un tal Harold Hackett, que vive en la isla del Príncipe Eduardo, la provincia más pequeña de Canadá, se ha dedicado a escribir mensajes en una botella, estudiar los vientos y las corrientes marinas, y lanzarlas al mar, asegurándose de que tengan un prolongado viaje. Ha hecho esto cuatro mil ochocientas setenta y una veces, y, sorprendentemente, ha obtenido respuesta en tres mil cien casos, es decir, siete de cada diez veces, más o menos. El Sr. Hackett no tiene ordenador, y toda la referencia que deja en su mensaje a ninguna parte, es una dirección postal, nada de móviles, o celulares, como les dicen en otros pagos, o de correos electrónicos. Harold tiene regalos, fotografías y fue visitado por los receptores inesperados de sus misivas.

Será más o menos romántico eso de responder a una carta contenida en la botella que un día encontramos paseando por la playa, pero lo realmente evidente es que la mayor parte de la población es buena, y busca compañía, encontrándola donde menos se lo espera. De otro modo, nadie hubiese respondido a quien se le ocurre enviar mensajes en botellas que atraviesan el Atlántico. No es despreciable del todo la naturaleza humana y ello me hace recuperar parte de la fe que tenía perdida, en nuestra especie; estoy seguro de que las noticias políticas, de uno y otro signo, y nuestros servidores públicos, con sus palabras huecas y una corrupción generalizada, son los responsables del desencanto que tenemos muchos de nosotros. Harold Hackett, desde Canadá, nos recuerda con sus mensajes embotellados que todavía hay quien vive sin otro interés que el hacer llegar la noticia de su existencia a otro congénere allende los mares, y eso es mucho más reconfortante que las elecciones venideras. Yo lo votaría.

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