Archivos en la Categoría 'Hostelería'

Buen provecho

La imagen se corresponde con la noticia de que un afamado restaurante madrileño, celebra su veinte aniversario con un menú degustación de diez platos que constituyen una explosión de sabores. Me parece muy bien. Pero estoy en desacuerdo, si la fotografía se corresponde con uno de tales platos. Eso no es una ración, ni media; no llega a un pincho, y en numerosos establecimientos de Euskadi, resultaría escaso como tal. Podría tratarse de rape o mero, incluso de lubina, pero desde luego, es una muestra ridícula en cuanto a cantidad, de una preparación sobre la que no dudo acerca de su exquisitez, pero sí por su tamaño. Eso no es es comer. La guarnición de pequeñas patatas cocidas, está bien, resulta decorativa y además, es saludable, pero uno, en su profunda ignorancia gastronómica, precisaría al lado, unas patatas fritas, o panadera, que tan ricamente acompañan a numerosos productos del mar.

El rey a la espalda es uno de mis platos preferidos, planchado y horneado con ajo y una gota de vinagre poco antes de terminar la preparación; bien acompañado de esa guarnición que decíamos antes, pero sobre todo, teniendo en cuenta que no se puede ofrecer menos de media pieza de a kilo. Un pescado entre ochocientos y mil cien gramos son dos raciones, un pez a compartir entre dos amigos, por una pareja o incluso un servidor con su prima la de Betanzos, pero resulta extremadamente escaso para tres personas. El contenido de nuestra fotografía de hoy es una muestra, un picho, apenas una degustación para decidir si pedimos el plato, o no, pero nunca el menú en sí mismo. La cocina moderna se acompaña de decorativas presentaciones, enormes vajillas, rimbombantes nombres y poca comida, muy poca, extremadamente poca. Uno tiene que cenar después de cenar, o sea. Los huevos para freír con patatas, suelen ser de gallina; ponerlos de codorniz será muy decorativo, pero desde mi punto de vista, es un retroceso.

El turista “accidentado”.

Stefan Ramin, en la fotografía, al parecer un consejero ejecutivo de Hamburgo de cuarenta años de edad, terminó por ser el segundo plato de unos aborígenes acostumbrados a cierto tipo de carne. Al parecer, seguía las huellas de “Taipi, un edén caníbal”, obra del autor de Moby Dick, pero se lee en la prensa, que hacia este viaje desde el año 2.008. No está mal, para un ejecutivo, tomarse unas vacaciones de tres años, lo que resulta más chocante, es destinar el largo período de asueto, a la búsqueda de un lugar en el que uno puede formar parte del menú. De otro lado, sigue admirándome poderosamente, el convenio laboral que se aplica a este ciudadano alemán: A tenor de lo que se estila en nuestro país, para disfrutar de tales vacaciones, debería llevar trabajados no menos de treinta y seis años, o sea, que debutó en el mundo laboral con cuatro añitos, menuda vocación tenía el muchacho. Tal vez fruto del desorden que provocó en el infante un temprano contacto con el trabajo, nació esta necesidad de arriesgarlo todo para conocer el riesgo de asarse en una cacerola, o como sea. A su novia la violaron, se conoce que tuvo más suerte, y pudo volver viva a casa, para contarnos lo trágico y rocambolesco de su periplo polinésico. Lo supongo muy atractivo, pero les aseguro que en la vieja y civilizada Europa, existen multitud de rincones con encanto o interesantes, menos arriesgados y sobre todo, tremendamente civilizados. Solo la mala influencia norteamericana nos hace comer hamburguesas, pero eso lo consideraremos siempre como un pecado menor.

Planeta Marte

Además, se come. Esta suerte de planetario en miniatura, con una reducción de vino, salsa de piquillo y no sé cuantas cosas más, y aunque de pena, es masticable. La nueva cocina tiene mucho de imaginación, pero más todavía, de imagen. Cuando se tiene todo lo necesario, nada se hace más imprescindible que lo superfluo, y a nosotros, la comida nos entra por la vista antes de alcanzar el estómago, la misma víscera que muchos millones de seres humanos no utilizan, y a los que el aspecto les importa menos que las calorías, lo cual no deja de ser una vulgaridad. Comerse un satélite es más atractivo que un bocadillo de chorizo o unos huevos con patatas, que son muy socorridos, aunque menos llamativos a la vista del comensal exquisito y hastiado que se sienta a degustar tapas como la propuesta. Nos morimos por comer demasiado mientras tres cuartas partes de nuestros semejantes, se pueden morir de hambre, y eso no es justo. Con lo que gastaremos este año en iluminar las calles durante la navidad, se podría alimentar a mucha gente que pasa hambre y a la que la parafernalia de la tapa propuesta le importa un comino. En Asturias se llama refalfia.

De la Navidad, la pitanza y otras cosas

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En nuestro mundo particular, el occidental, las navidades especialmente, se cubren de manjares complejos y caros, las más de las veces, mientras bastante más de la mitad de nuestros congéneres pasa hambre o muere por ella, que es peor. No satisfechos con el riesgo de fallecimiento que conlleva comer demasiado, adornamos las viandas con definiciones tan complejas como inútiles, para terminar experimentando con la llamada cocina de autor, en vez de ingerirla que es de lo que se trata, al fin y al cabo. Uno, que es primario en los gustos, y no por ello deja de apreciar una buena pitanza, prefiere la lubina a la espalda o a la sal, antes que ver sus lomos sobre un crujiente de algas con pil pil de callos de bacalao al aroma del vinagre de eneldo, por poner un caso, porque la longitud impresa de la oferta suele ser inversamente proporcional a la cantidad que nos ofrecen en el plato, y es que prefiero comer antes que vivir ese experimento de la explosión de sabores.

También se ha puesto de moda catar los caldos, y en esta Asturias nuestra, disponer de más de un palo* en cada sidrería, uno de ellos con denominación de origen, por supuesto. Como diría el inefable Bond, James Bond, hay quien bate la copa de vino antes de probarla, importándole un bledo el caldo, la cuestión es más bien donde y con quien se toma, y el precio, siempre el precio. Un vino caro ha de ser necesariamente mejor que otro más económico, naturalmente; a mi, que ciertas cuestiones sociales me importan más bien poco, se me ocurrió dividir las bebidas, vino o sidra, en dos grandes grupos: Las que me gustan y las que no me gustan. Después de decantarme por las primeras, procuro disfrutarlas en compañía de mis amigos, de mi gente. Comentaba el otro día como en un determinado establecimiento de nuestra villa, resultaba extremadamente frecuente saludar gente conocida mientras degustaban un buen vino: Abogados, médicos, industriales de la plaza y otra suerte de personal parecido; cuando tomábamos costillas a la parrilla con un cosechero, ningún habitual de los anteriores estaba manchándose los dedos con la grasa; se conoce que ciertos placeres elementales se reservan a quienes somos más primarios, es lo que hay. Decía mi padre que quienes acudían a misa de siete de la mañana, iban a ver a Dios; los que preferían el oficio de las once, a que Dios los vea. Finalmente quien iba a misa de una, era para que todo Dios lo vea. Y es verdad.

(*) En Asturias cada marca o clase de sidra, se conoce como “palo”; por ejemplo, Federico Paternina sería un “palo” de vino diferente a Carta de Plata.

Discoteca pública

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Está bien lo del pueblo valenciano, que invierte el dinero público en hacer una discoteca, y no lo digo en broma porque no solo de pan vive el hombre, y eso lo decía Jesucristo hace ya casi dos mil años. No conozco pormenorizadamente la situación económica del ayuntamiento de Benaguasil, y tampoco me interesa, pero supongo que la sanidad, los pobres, parados y otras zarandajas propias del tiempo que nos ha tocado vivir, pudieran ser más acuciantes que la diversión o el ocio, igualmente necesarios. Pero hemos invertido en la discoteca, que es muy bonita y tiene precios populares; los ediles se han puesto de acuerdo en que es lo mejor para el municipio, y probablemente, también para la reelección por eso de que ser marchoso hace ganar más puntos que ser solidario, otro carnet de político bastante desgastado por el uso sin sentido. Resulta, pues, que ahora un ayuntamiento ha pasado a ser empresario de hostelería, dueño de una estupenda discoteca con dos pistas, sala de fiestas y otros eventos, establecimiento que, a buen seguro, obtendrá beneficios que, indudablemente, ahorrarán impuestos a los sufridos contribuyentes. Esto me da una idea para suavizar los pagos obligatorios a diferentes erarios públicos; mejoraríamos los ingresos y alegraríamos a los contribuyentes, si las ventanillas de la Agencia Tributaria consistiesen en un mostrador en el que una go-go (o un boy, según los sexos y preferencias de cada uno, para resultar políticamente correcto) nos ofreciese un cacharro de garrafón, para fomentar la creación de puestos de trabajo en el ministerio de Sanidad, a un precio de cientos o miles de euros, según los casos, y que existiese una zona VIP para quienes hagan ingresos superiores a cierta cantidad, todo ello amenizado con música house o salsa, según los gustos, y horarios amplios, hasta las cuatro o las cinco de la mañana. B-Club abre sus puertas hasta las siete y media, y eso es muy tarde, o muy temprano, para uno, que cuenta las décadas más que los años. También pienso que si pernoctar, o madrugar, que nunca se sabe, hasta casi las ocho de la mañana, es otra forma de cultura, nací en un mundo equivocado, aunque de eso me había dado cuenta hace ya bastante tiempo.

Sidrería Carril (dedicado a una lectora habitual)

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La calle Coliseo, en la fotografía, no hace honor a su nombre, ni de lejos; la sidrería Carril, situada detrás de las vías, tampoco es lo que se espera, junto al frontón y el campo de fútbol; desde el silencio de la tarde se entra en el bullicio del bar, que suele tener la barra llena de gente.

-¿Vais a cenar?.

-Si hay…

Conocí el establecimiento por recomendación de otro lector habitual del espacio, y uno, que rige su destino por impulsos gástricos, no tardó en acudir al emplazamiento, disfrutando un sábado, en una esquina, un excelente salmonete a la plancha.

-El besugo es solo para dos.

-Vaya hombre.

Regresé en numerosas ocasiones y siempre comí un excelente pescado a la espalda, fresco y a un precio razonable, que los tiempos tampoco están para otra cosa. El recuerdo de pasear en Octubre, debajo de las vías, lo tengo presente como prólogo de una excelente cena que dio mucho más de sí. Aún a día de hoy vivo el paseo bajo la vía y el rey a la espalda, casi como si hubiese sido ayer, cuando Julio también recordó que no pasaba nadie por la calle.

La Torre de Hércules

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La Torre de Hércules se ha convertido en patrimonio de la humanidad; se lo merece. La fotografía primera, de día, conserva en primer plano una estatua erosionada por el viento, el mar y el tiempo, y recuerda mucho a Galicia. A mi me gusta más la torre al oscurecer, con su majestuosidad coronada por la luz del faro. Galicia está alejada de la torre porque es suave en las formas y parca en las palabras, pero ella está allí, en A Coruña, avisando del peligro que conlleva abordar el puerto con tormenta y terminar encallado a causa de la corriente mal valorada.

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Me perdí muchas veces en Galicia, en A Coruña y en pueblos más pequeños, y disfruté de su hospitalidad y de su gastronomía; a veces fui feliz y a veces no. Siempre la recuerdo con cariño, especialmente las noches que pasé a los pies de la Torre, recordando por la mañana el aspecto que ofrecía al acostarme, como la gran masa de piedra iluminada frente a la noche del Atlántico. Ahora ese recuerdo será patrimonio de todos, porque se lo merece, y quien la visite disfrutará además de las orejas, el pulpo, el ribeiro y tantas cosas buenas que nos ofrece esa tierra. Que lo disfruten.

¿Nos engañan las agencias de viajes?

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La primera de las fotografías es de la web de Hesperia, la segunda la tomada con la cámara de Antonio Jordana (http://www.primera-clase.com/) en el hotel Hesperia Isla Margarita.

Hace pocos días un crucero de Pullmantur navegó con un solo motor para cubrir la distancia entre dos escalas, sin aire acondicionado e impidiendo a los pasajeros las visitas de sus destinos. El mismo barco que había encallado semanas atrás, que la operadora vendía como crucero de lujo y que había pasado por cinco manos en veinticinco años sin más retoques de unas manos de pintura.

¿Nos engañan las agencias de viajes?

Aranda de Duero

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Aranda de Duero no tiene demasiadas cosas especiales, si bien sus alrededores merecen mucho la pena. Plagada de asadores, el Mesón El Pastor es uno de los más afamados, y lo es merecidamente. Un servicio justo, una calidad incuestionable en las mollejas y el ibérico y un excelente vino (denominación de origen tierra de León), hicieron de la cena una agradable velada y un placer para el paladar. Para repetir.

La Bolera, Anayo

Sin primero, sin nada que no sea la comida casera, sencilla, abundante y barata:

-Hay solomillo de cerdo, filete de ternera, carne asada y cabrito.

(del pesado ni hablamos).

-Que sean dos de cabrito.

El sitio es pequeño, no tiene decoración, pero está limpio, muy limpio, y la gente te trata con amabilidad exquisita:

Desde la mesa del comedor, se ven los picos de Europa nevados:

El cabrito merecía la pena; la tarta de la casa, aún sin poder apreciar claramente de qué era, estaba muy rica, y por supuesto, sí que era casera de verdad. El precio más que razonable, y detrás de la casa hay sitio más que generoso para aparcar dos docenas de automóviles; los comensales no cabrían en el bar. Para repetir.

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