Archivos en la Categoría 'Literatura'

Maruja Torres

Hace unos seis años, Dª Maruja Torres afirmaba en El País que unos ocho millones de hijos de puta habían votado al Partido Popular. Forma curiosa de entender la democracia desde el progresismo que caracteriza a esta mujer, intelectual y comprometida. Supongo que la Sra. Torres ha depositado su confianza en Alfredo pe punto, lo mismo que casi otros ocho millones de votantes; la diferencia estriba en que uno, desde este espacio, respeta profundamente su elección, tan válida como haber votado a Izquierda Unida o a Amaiur, gracias a la incomprensible tolerancia de un Tribunal Constitucional que toma decisiones más políticas que jurídicas. El problema estriba en que el respeto no es mutuo: Los cejeros pueden calificar de hijos de puta a los votantes populares, pero Dios nos libre de que algo parecido suceda al revés. Afortunadamente no suele pasar, pese a las lindezas dialécticas que se dedican a los populares por parte de conocidos personajes progresistas, como Cristina Almeida, dispuesta a quemar los libros de César Vidal, por ejemplo. El respeto, el respeto mutuo, se entiende, es básico para la convivencia pacífica y el adecuado progreso de la sociedad en la que vivimos, donde resulta imprescindible la alternancia en el poder. Hoy los populares disfrutan de una mayoría absoluta que en unos años, pasará a ser socialista. Y nadie puede ser calificado de hijo de puta por votar a uno u otro partido. Además de ser irrespetuoso, es una notable falta de educación.

Leonard Cohen

Con las cosas del premio, uno se ha ido enterando de novedades que no lo son para otros, y reconozco mi ignorancia. La influencia de Lorca en el Sr. Cohen, o de la guitarra española, que no escuché presente en los más de sus temas. Pero una de las cosas que más me llamó la atención, es esta versión de “First we take Manhattan” en estilo español, con Enrique Morente y que merece la pena escucharse. Al margen de la traducción, y del significado de este tema, solo le queda decir a uno que el flamenco lo puede todo. Va por ustedes.

Willy Toledo inagotable

 image

Guillermo Toledo ha calificado al Sr. Vargas Llosa como un ultraderechista muy peligroso; no se sabe si por lo violento de sus escritos o por defender sus ideas, de talante liberal puro, sin connotaciones partidistas, a diferencia del actor que encuentra maravilloso el régimen cubano. Tiene razón D. Guillermo, hasta el punto de que debería pasar una temporada en la isla caribeña bajo la tutela paternal del Sr. Castro, líder democrático donde los haya, facilitándole al Sr. Toledo el régimen de vida que lleva en este país, asolado por los neocon y la derecha rancia y ultrafascistoide. D. Guillermo, como otros componentes del mundo de la cultura, tiene ideas peculiares para la vida de otros, ahí es nada, mientras su casta disfruta de los privilegios habituales que poseen los elegidos, orgullosos de defender a qué pueden acceder los demás. Es complejo el tema de la libertad y yo estoy en desacuerdo con el principio de que todos somos iguales: En absoluto; lo que debe de suceder en una sociedad progresista y civilizada, es que todos tengamos las mismas oportunidades, para lo cual es imprescindible el respeto a uno mismo y a los demás, el mismo que le falta al Sr. Toledo, representante de la imposición ideológica que se autocalifica de progresista. Una pena.

Tino Pertierra (entrada publicada en otro espacio hace dos años)

image Hace años que frecuento la lectura de este autor asturiano en La Nueva España, bastante más que sus críticas de cine -acertadas o no, según los gustos- y suele sorprenderme por lo depurado de su técnica, por lo amargo de su contenido y por lo acertadamente que se mete en la piel de las mujeres las más de las veces:

CAROLINA
Te romperá el corazón. Se lo dijimos. Mira que se lo dijimos. A la cara. Por mensajes al móvil. Por correo electrónico. Solo nos faltó publicarlo en el periódico a cinco columnas: Te romperá el corazón, aléjate de él.
Y no hizo caso. No respondía o ponía cara de malas pulgas para que cambiáramos de tema. Mariana nunca hace caso a los buenos consejos aunque procedan de fuentes fiables. Pensaba que se lo decíamos por envidia. Pensaba que no la entendíamos y que éramos incapaces de ponernos en su lugar. Pensaba que tenía todo el derecho del mundo a ilusionarse con una misión imposible. Pensaba que alguien acostumbrado a salirse siempre con la suya no puede permitirse la menor duda de que las cosas nunca cambiarán.
Y nada de los que pudiéramos argumentar hacía mella en su blindaje antiamigas pesadas. Invulnerable al sentido común. Tal vez -voy a ser mala- por soberbia. Tal vez -voy a ser buena- por un orgullo demasiado desarrollado al calor de -voy a ser realista- una excesiva confianza en sí misma. Pensaba que ella podría conseguir lo que nadie había logrado antes. Pensaba que Javier vería en ella a la mujer definitiva. Mejor dicho, a la primera mujer digna de merecer su lealtad. O su fidelidad. Es de esos tipos que diferencian entre una cosa y otra. Cínico. Y encantador. ¿Habrá estudios científicos sobre las razones por las que algunas mujeres adoran el encanto de los cínicos?. Vale. Adoramos. Es cierto que yo tenía argumentos que quizá la hubieran convencido. Quizá sí. Seguramente no: Me hubiera acusado de envidiosa. Porque yo también estaba segura de que Javier iba a cambiar a mi lado. También me dejé seducir por esa cochambrosa esperanza. La diferencia, la gran diferencia es que yo no doy publicidad a mis devaneos sentimentales. Nadie sabe que estuve casi seis meses en el ojo de un huracán. Sufriendo sola. No soy una llorona como Mariana. Me guardo el dolor y escondo la tristeza. Y por acumularlo me hizo más daño del que pueda sentir nunca alguien tan superficial y vanidoso como Mariana. A ella le rompió el corazón. A mi me lo corrompió. Y eso no tiene cura.”

Cuando escribía “cuerpo a cuerpo” no me perdía cada mañana su toque amargo en la última página del periódico; una forma de empezar el día con energías renovadas. Los textos posteriores fueron menos de mi agrado y la verdad, no soy tan asiduo de las pinceladas impresionistas que describe en los últimos trabajos. La mayoría de las historias de amor –tristes, por eso son historias- se recopilan en un libro recientemente publicado: “El dios de las tristezas amorosas” (Ed. Laria), del que extraje el texto anterior. Admiro la capacidad de sintetizar en unas pocas líneas toda una vida, de dar matices tan humanos y reales en un espacio tan corto como la columna de un diario.

POST-IT
Adolfo es de esos hombres que llevan el cochazo lleno de vírgenes y santos que le protejan cuando van a ciento noventa por hora. No es su única muestra de desfachatez: vota a la izquierda aunque trata a sus empleados como esclavos. Y le dice a su esposa que la quiere como el primer día aunque por las noches se dedique a coleccionar pieles errantes en locales donde alterna la arrogancia con la melancolía.
Por su cabeza nunca ha pasado la idea de que también Verónica, la mujer que le conoció cuando aún podía confiarse en él sin poner en riesgo la integridad, pueda tener un punto de fuga por el que evadirse de la certeza que la merodea: su marido es un déspota que adora su propia ruindad porque la considera una muestra de poder, de triunfo, de libertad.
Cuando Adolfo llega a casa esta noche de verano jovial y acuciante –detesta el calor pero al mismo tiempo le deleita mitigarlo con cervezas bien frías y besos mal apagados–, se encuentra con que las puertas de los armarios del dormitorio están abiertas de par en par, como si le gritaran. Y dentro no hay nada salvo las perchas que cuelgan de las barras como interrogantes caídos. Desplomados. La furia le agrede antes que la inquietud y la sorpresa. Entra en el cuarto de baño. El armario de Verónica está vacío de cremas y perfumes. Otra prueba de que algo insólito e imposible ocurre. Un milagro que le perjudica. Saca el teléfono móvil y dice: Verónica. Pero el aparato no reconoce su voz y Adolfo deforma los labios en un rictus de odio al teclear con dedos amartillados. El número al que llama está apagado o… Adolfo huye a la cocina en busca de cervezas heladas y en la puerta de la nevera le espera el adiós: «Prefiero que me odies a terminar despreciándote». Adolfo arranca el post-it y lo mira con una sonrisa que le asustaría a él mismo si pudiera verla. Lo enmarcaré, se promete con un alivio que clama por la venganza”.

Temas similares para textos diferentes, incluso con distinto estilo; más abuso -o uso- de la metáfora en el segundo, conservando el toque de la ironía amarga “en locales donde alterna la arrogancia con la melancolía”.
A lo largo de años, encontré cierto consuelo en la desazón provocada por los textos desolados de Tino Pertierra, muchas veces, después de haber pagado más de la cuenta por los paraísos artificiales adquiridos entre “cervezas bien frías y besos mal apagados”. Al revés, antes de tanto tiempo, recuerdo su texto estremecedor del 11-M, de la llamada truncada al móvil y del desesperanzador vacío de la propia página del diario tras la última línea.
No quiero atosigar con los datos biográficos; al escritor no se le biopsia, se le lee. Y les dejo esas dos muestras -no son mis preferidas- representativas de un estilo depurado que -queramos o no- arañan la superficie tranquilizadora de nuestra conciencia.
Como esto es un medio electrónico, debo dejar el enlace de su blog.

Un facha de siete años

Por Arturo Pérez-Reverte

Me interpela un lector algo –o muy– dolido porque de vez en cuando aludo a España como este país de mierda. El citado lector, que sin duda tiene un sentimiento patriótico susceptible y no mucha agudeza leyendo entre líneas, pero está en su derecho, considera que me paso varios pueblos y una gasolinera. Le extraña, por otra parte, y me lo comunica con acidez, que alguien que, como el arriba firmante, ha escrito algunas novelas con trasfondo histórico, y que además parece complacerse en recuperar episodios olvidados de nuestra Historia en esta misma página, sea tan brutal a la hora de referirse a la tierra y a los individuos que de una u otra forma, le gusten o no, son su patria y sus compatriotas.
La verdad es que podría, perfectamente, escaquearme diciendo que cada cual tiene perfecto derecho a hablar con dureza de aquello que ama, precisamente porque lo ama. Y cuando abro un libro de Historia y observo ciertos atroces paralelismos con la España de hoy, o con la de siempre, y comprendo mejor lo que fuimos y lo que somos, me duelen las asaduras. Aunque, la verdad, ya ni siquiera duelen Al menos no como antes, cuando creía que la estupidez, la incultura, la insolidaridad, la ancestral mala baba que nos gastamos aquí, tenían arreglo.
La edad y las canas ponen las cosas en su sitio: ahora sé que esto no lo arregla nadie.
España es uno de los países más afortunados del mundo, y al mismo tiempo el más estúpido. Aquí vivimos como en ningún otro lugar de Europa, y la prueba es que los guiris saben dónde calentarse los huesos. Lo tenemos todo, pero nos gusta reventarlo. Hablo de ustedes y de mí. Nuestra envilecida y analfabeta clase política, nuestros caciques territoriales, nuestros obispos siniestros, nuestra infame educación, nuestras ministras idiotas del miembro y de la miembra, son reflejo de la sociedad que los elige, los aplaude, los disfruta y los soporta. Y parece mentira.
¡Con la de gente que hemos fusilado aquí a lo largo de nuestra historia, y siempre fue a la gente equivocada! A los infelices pillados en medio. Quizá porque quienes fusilan, da igual en qué bando estén, siempre son los mismos.
Pero me estoy metiendo en jardines complejos, oigan. El que quiera tener su opinión sobre todo eso, acertada o no, pero suya y no de otros, que lea y mire. Y si no, que se conforme con Operación Triunfo, con Corazón Rosa o con Operación Top Model, o como se llamen, y le vayan dando.
Cada cual tiene lo que, en fin, etcétera. Ya saben. Por mi parte, como todavía me permiten y pagan este folio y medio de terapia personal cada semana –es higiénico poder morir matando–, me reafirmo un día más en lo de país de mierda.
Y lo voy a justificar hoy, miren por donde, con una bonita anécdota anecdótica. Una de tantas.
Verán. Un niño de siete años, sobrino de un amigo mío, observando hace poco que varios de sus amigos llevaban camisetas de manga corta con banderas de varios países, la norteamericana y la de Brasil entre ellas –algo que por lo visto está de moda–, le pidió al tío de regalo una camiseta con la bandera española. «Van a flipar mis amigos, tito», dijo el infeliz del crío.
Según cuenta mi amigo, el sobrinete bajó al parque como una flecha, orgulloso de su prenda, con la ilusión que en esas cosas sólo puede poner una criatura. A los diez minutos subió descompuesto, avergonzado, a cambiarse de ropa. El tío fue a verlo a su habitación, y allí estaba el chiquillo, al filo de las lágrimas y con la camiseta arrugada en un rincón. «Me han dicho que si soy facha o qué», fue el comentario.
¡Siete años!, señoras y caballeros. La criatura. Y no en el País Vasco, ni en Cataluña, ni en Galicia. ¡En la Manga del Mar Menor! provincia de Murcia.
Casualmente, y sólo una semana después de que me contaran esa edificante historia infantil, otro amigo, Carlos, gerente de un importante club náutico de la zona, me confiaba que ya no encarga polos deportivos para sus regatistas con el tradicional filetillo de la bandera española en las mangas y en el cuello. «En las competiciones con clubs de otras autonomías –explicó– están mal vistos.»
Dirán algunos que, tal y como anda el asunto, podríamos mandar a tomar por saco ese viejo trapo (nuestra bandera) y hacer uno distinto.
Al fin y al cabo sólo existe desde hace dos siglos y medio. Podríamos encargarle una bandera nueva, más actual, a Mariscal, a Alberto Corazón, a Victorio o a Lucchino. O a todos juntos. Pero es que iba a dar igual. Tendríamos las mismas aunque pusiéramos una de color rosa con un mechero Bic, un arpa y la niña de los Simpson en el centro; y en las carreteras, el borreguito de Norit en vez del toro de Osborne.
El problema no es la bandera, ni el toro, sino la puta que nos parió.
A todos nosotros.
A los ciudadanos de este país de mierda.

No estoy vago, no solamente se trata de copiar y pegar; ayer no se podía añadir comentario alguno al texto de Tino Pertierra, descarnado y amargo, como la vida misma; hoy Arturo trata la política con humor, no exento tampoco de rabia, de la visceralidad del autor. Pero es que tiene razón. Es que tenemos el país en el que mejor se vive del mundo, envidiado por propios y extraños, asombrosamente bello, con un clima privilegiado, una gastronomía puntera en el mundo y una idiosincrasia tan particular que puede acabar por cargárselo, así sin más, democráticamente. Los chuletones de vaca gallega, las gambas de Huelva, el lechazo de Castilla, el paisaje asturiano o la costa mediterránea, entienden poco de miembros y miembras, que nos empeñamos en meter así, como un supositorio, y así nos va. Que Dios nos coja confesados.

Tino Pertierra. “Cierra los ojos”

Cuando cierras los ojos, todo puede suceder. La frase era algo más que una defensa de la fantasía como herramienta con la que reconstruir la realidad. Era una confesión en toda regla de alguien que nunca había dudado en dar a la imaginación un papel esencial en su vida. Tal vez, en ocasiones que no admitían reparos, un papel prioritario. «Ya sé que no eres creyente», le dijo él, «pero a veces me da la impresión de que crees en cosas que están más allá de lo que vemos». «Pues claro», aceptó ella, «pero eso no me hace esclava de ninguna religión, yo no entrego mi pensamiento a nadie que me exija pleitesía». Cuando era adolescente, Raquel solía preferir quedarse sola en casa los domingos -las malditas tardes de domingo en las que el tiempo se vuelve denso y dañino, interminablemente lento- antes que salir con amigas devoradoras de pipas o pretendientes con aires de chuleta cruda. Prefería, sí, estar en su cuarto escuchando música con los ojos cerrados y la imaginación abierta de par en par a mundos que nadie, ni siquiera sus padres, conocían. Era su territorio secreto y no expedía pasaportes a intrusos, por queridos que fueran. «¿Nunca me contarás alguna de tus fantasías?», preguntó él una madrugada especialmente ardiente en la que las sábanas acabaron al otro lado de la habitación. Ella le miró con desconfianza no exenta de satisfacción por despertar curiosidad en alguien que se negaba a mostrarse vulnerable por ese flanco. «Te contaré la última», dijo con una sonrisa indulgente, «a cambio de que nunca la utilices en tu contra. «Trato hecho», aceptó él. «Ayer iba en un taxi a medianoche», dijo ella, «la radio estaba encendida, sonaba Sinatra y me sentí tan a gusto que imaginé que cerré los ojos e imaginé que el taxi se detenía junto a la puerta de aquella casa rural donde fuimos tan felices durante 35 horas, ¿recuerdas?». «Recuerdo», dijo él. «Y seguí imaginando», dijo ella, «imaginé que al despedirnos no subíamos a coches distintos, sino que íbamos en el mío, y que entonces los malditos frenos del tuyo no fallarían en aquella curva y que seguirías vivo, y que esta noche, ahora, estaríamos aquí, abrazados, contándote los secretos que nunca te dije».

Delibes

image

Hay noticias que uno no debería de glosar; tampoco las quisiera leer. A Miguel Delibes le había salido, hace años ya, la hoja roja en su particular librito de papel de fumar, aunque de la otra hace ya muchos años, tal vez demasiados. Pasé parte de mi juventud entre libros de D. Miguel y recuerdo que me impresionó la crudeza de las ratas; veía uno entonces muy lejos esas historias de los cigarrillos liados a mano y, tal vez por eso, me impresionó menos su otra gran obra, que al releerla hoy, araña profundamente el alma. Descanse en paz.

La Iglesia ataca de nuevo

image

A mi, personalmente, lo que decida en Vaticano sobre el Sr. O’Flaherty, me trae sin cuidado. Oscar Wilde, además de un icono de la homosexualidad, era un escritor excelente, de extraordinaria ironía y autor de obras tan originales como el retrato de Dorian Gray. Lo que la iglesia decida sobre sus creencias, sus prácticas religiosas o su moralidad, es intranscendente a la vez que extemporáneo. Recuerdo una de sus frases: “Los libros no son morales ni inmorales. Los libros están bien o mal escritos, eso es todo”.

Ni siquiera en su tumba el catolicismo deja descansar en paz a este homosexual, alcoholizado y genio de la literatura. Otra de sus meteduras de pata.

La libertad, según Saramago

image

No es el Sr. Berlusconi santo de mi devoción, pero es un gobernante salido de las urnas, fruto de la voluntad de la mayoría de los italianos. Calificarlo de “cosa”, “enfermedad” o “virus” entra dentro de la libertad de expresión del escritor, pero, cuando menos, resulta poco elegante. Imagínese vd. que califico de tal modo al presidente del gobierno español tras haber mentido de forma flagrante en el asunto de la negociación con ETA; ¿como imagina vd. que reaccionarían sus partidarios ante una pluma tan transgresora?.

Claro que la cosa es válida si se trata de vituperar a un político de otra cuerda ideológica; entonces la vara de medir se modifica y la longitud decrece peligrosamente hasta consentir expresiones como el “cordón sanitario” que se aplicó en este, nuestro país, durante años, tras la ocurrencia de un actor subvencionado, y entre las sonrisas de intelectuales como D. José Blanco.

Yo no votaría a Berlusconi, participaría en buscar una alternativa de poder para Italia, pero mi desacuerdo no es patente de corso para criticar su vida privada, ni para calificarlo del modo que lo hizo el Sr. Saramago. Resulta evidente que la tolerancia para este autor es distinta de la que disfrutan otros escritores; puede unirse a Luis García Montero y obtendremos un magnífico dúo de poeta y novelista dentro de la misma línea y para llenar páginas y páginas de El País. Seguro que miles de lectores poco críticos les quedarán agradecidos.

D. Luis García Montero, articulista, poeta y escritor

image

Nada más que dar la enhorabuena a D. Luis García Montero. Autor de este libro, tuvo la gran suerte de ser además, uno de los pocos escritores, si no el único, que hizo declaraciones a un telediario de televisión española durante la feria del libro, del mismo modo que le sonríe la fortuna por ver publicada la referencia sobre su obra en el periódico de más tirada nacional, El País, de donde se tomó el recorte que encabeza la entrada.

Datos curiosos para quien escribió “No hay un duro por culpa del miedo, nadie se fía, nadie invierte. Como no le echen una mano los políticos, va a la quiebra segura. Y haber quién crea puestos de trabajo, quién le da de comer a los moros y a los ecuatorianos. Habrá muchas declaraciones contra el racismo, pero si no se les da trabajo haber cómo van a vivir” en El País, el pasado 20 de Septiembre de 2.008. O sea no hay como demostrar hasta donde puede llegar el desconocimiento de una lengua tan bonita y compleja como la española, para que pueda ser poeta, articulista, firmar libros en la feria correspondiente, ser entrevistado en televisión y en el periódico del régimen y tantas otras cosas.

La razón no puede ser otra que ser un poeta políticamente correcto y esposo de la escritora Almudena Grandes; las prebendas y favoritismos destinados a la cultura los disfrutan, como es lógico, los representantes de una determinada línea, quedando fuera de juego otras personas de gran valía intelectual, pero cuyas obras, aún no conteniendo faltas de ortografía, se mueven en torno a unas ideas inadecuadas para el tiempo que vivimos. También el conocimiento tiene color político.

Página siguiente »


 

mayo 2012
L M X J V S D
« abr    
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031  

Fotos de Flickr

BIT CLOSER. I TELL YOU A SECRET.

Honey (Buzzard) for breakfast..

Midu - Summer 2012 (Explored #3 - May 25th)

Way of cross

枋山激流

More Photos

Actualizaciones de Twitter

Escribe tu dirección de correo electrónico para suscribirte a este blog, y recibir notificaciones de nuevos mensajes por correo.

Únete a otros 11 seguidores


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.