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¡¡¡¡ GRACIAS !!!!

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El pasado jueves alcanzamos las cien mil visitas; algo impensable cuando empecé a escribir en este blog, como “entrenamiento” para mi crítica en otro espacio. Fui el primer sorprendido hace dos años, cuando abrí una cuenta en “blogspot” y encontré que la página había sido visitada y que alguien dejaba un comentario, cuando cortar y pegar las imágenes era un verdadero esfuerzo para mi.

Ahora, dos años después, quedan programadas las entradas de los fines de semana o vacaciones, el número de lecturas diario se ha incrementado hasta el momento de modo continuo; hemos alcanzado las cien mil visitas en este servidor y se trata de una simple cuenta gratuita de “wordpress”. Hace casi dos años que el espacio “www.alejandopumarino.com” está adquirido y alojado, pero siempre sin tiempo para ponerlo al día, para aprender a cargar los programas y mejorar un poco mis escasos conocimientos informáticos. El blog me ha ayudado mucho, pero el trabajo es imprescindible y debemos también de tener tiempo para el besugo a la espalda y otros placeres gastronómicos. Poco a poco iremos viendo las modificaciones a lo largo de este mismo año, a ver si está listo para comienzos del 2.009.

A todos vosotros/ustedes, GRACIAS.

La vida y las estrellas

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Pretender que estamos solos en el universo es casi tan aventurado como decir que la religión propia es la buena: Una muestra de ignorancia o de ombliguismo pueblerino, no infrecuente en nuestro medio. La NASA dice que el carácter gaseoso del planeta en cuestión impide el desarrollo de la vida, que sí podría haber tenido lugar, caso de tratarse de un astro rocoso, como la tierra; no tengo grandes conocimientos astronómicos, pero pienso que la vida busca su medio de adecuarse a las circunstancias y la verdad, como decía Clarke, será mucho más extraordinaria.

Ciento cincuenta años luz es una burrada, una distancia insalvable, salvo para un telescopio; una distancia que nos permitiría seguir viendo el planeta durante siglo y medio aunque desapareciese, por arte de magia, de nuestro universo próximo; ciento cincuenta años luz, pese a ser una distancia corta en nuestro cono de luz, está tan lejos como poder regresar en el tiempo a los instantes en que redactaba el primer párrafo de este escrito, hace escasos minutos. La impotencia del desconocimiento es lo que nos queda observando gracias a los modernos medios técnicos, un planeta en el que puede haber vida; más allá de las estrellas conocidas, en satélites inimaginables, seguramente nos espera la sorpresa más extraordinaria, cuando seamos capaces de liberar a nuestra especie de la prisión planetaria que supone nuestra restricción a esta vieja tierra. Ojalá sea pronto.

Florentino

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Florentino no tenía complejos, sino que nació acomplejado: Desde el extraño color del pelo, pasando por su nariz y hasta otros secretos inconfesables, vivió esclavo de una imagen que le desagradaba cada vez que se veía reflejado en un espejo. Es tan negativo ser esclavo de la estética como el desencanto de no sentirse a gusto con uno mismo; por eso cuando conoció a Lucía, todo cambió. Ella fue siempre atractiva sin ser hermosa, y sus dos ojos, grandes y negros, en una cara excesivamente redonda, tenían lenguaje y vida propios. Por vez primera, Florentino pidió una consumición sin preocuparse de la cara que pondría la camarera al fijarse en su cliente; por primera vez tecleó un número en el teléfono móvil sin que le temblase el pulso; por fin entró en la oficina sin el escalofrío que le provocaban las preguntas incómodas de los compañeros mordaces. Aquella noche, en la que un conductor borracho se despistó un solo segundo para cambiar la emisora de radio, se terminó la seguridad de Florentino como por arte de magia, y se dedicó a recuperarla en el fondo de los vasos vacíos. Cuando despertó en un hotel desconocido, bastante más tarde de la cuenta, le preguntaron si se encontraba bien desde otros ojos parecidos a los que había perdido hacía tiempo; y solamente se le ocurrió decir que sí, y seguir durmiendo, y el recuerdo de lo que pudo ser y no fue, dejó una lágrima en su mejilla antes de sumirse en el sopor.

Hasta pronto

Quise dejar una entrada programada para cada día del mes de Agosto, pero me fue imposible. Trabajar, administrar este espacio y dejar todavía tiempo para la actividad lúdica es más de lo que veinticuatro horas pueden dar de sí, y solamente he podido llegar hasta el día de hoy. No obstante, y por manías mías, ya escribí la correspondiente al día veintinueve y sucesivos, de modo que el alejamiento del espacio será solamente temporal, y además, imagino que la mayoría de los contertulios habituales, estarán, como yo, de vacaciones. En Septiembre más. Que nadie tenga la esperanza de que sea un adiós, es solamente un hasta luego.

La verbena del Farolillo

Cuando fui adolescente la fiesta cumbre de mi verano fue siempre la verbena del Farolillo, en el Jardín, cuando se nos permitía trasnochar y disimulábamos de mala forma el efecto de dos o tres copas que tomábamos durante la noche, al volver a casa. El ciclomotor de ayer me hizo grandes servicios en esos años de mi adolescencia tardía y aún conservo nítido el recuerdo de haber conducido, por los caminos de Somió, hacia Gijón, en la madrugada y seguro de no cumplir alguna de las normas de la legislación actual.

De estudiante solía preparar los exámenes finales sentado en un banco frente a El Jardín, o en otra carbayera próxima, y seguí acudiendo a la verbena casi hasta terminar la carrera. Cuando pasé años después por La Pipa, no quedaba nada de aquel tiempo, la discoteca había cerrado y la segunda versión del popular local no tuvo jamás el tirón de la primera; aún hoy se respira la tranquilidad en la zona que no hubo en todos aquellos años. Arriba, en el bar La Pipa, también se vendían huevos y verduras y de niño oía el run run de los autocares y la música, y todo aquello me quedaba muy lejano. Después el tiempo pasó mucho más rápido de lo que uno piensa, y ahora voy a hacer fotografías al atardecer a la vieja fuente; la mayoría no salen nada bien, pero me entretengo todavía casi tanto como cuando fui adolescente.

Puch Minicross

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Cuando tenía dieciséis años fui afortunado por poseer un ciclomotor que, entonces, era moda; recuerdo que tan solo tres alumnos del antiguo bachillerato disponíamos de medio motorizado de transporte, y nuestras bicicletas a explosión estacionaban junto a los Simca 1000 y los Seat 850 del profesorado, justo frente a la puerta principal del Instituto Jovellanos.

Años después, cuando volví a reencontrarme con viejos profesores, me llamó la atención el número de automóviles que atestaban un aparcamiento a todas luces pequeño; la mayoría eran propiedad de alumnos, que iban a alguna clase en su Golf GTI; la enseñanza no debe de estar muy bien pagada, pues el nivel del parque entre los docentes era sensiblemente menos apetecible. Recordé mi adolescencia, en la que temíamos llegar a casa con un suspenso por la bronca paterna, no siempre exenta de algún castigo físico que solía doler más en el alma, y me desilusionó el exceso de los jóvenes actuales. Sentí que entre ellos y yo había un abismo de diferencia, y que el empobrecimiento estaba de su parte. Por lo menos, a mi me restaron siempre las ilusiones, aunque tenga la memoria llena de recuerdos; con frecuencia, los excesos son perjudiciales: Alcanzarlo todo a los dieciocho años no es bueno: El intelecto se lleva mal con la “refalfia”.

Manuel Llaneza (antigua Calvo Sotelo) (dedicado a Victoria)

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Este hacerse mayor sin delicadeza,
esta espalda mojada de moscatel,
este valle de fábricas de tristeza,
esta espuma de certeza,
esta colmena sin miel
”.

Joaquín Sabina

El pasillo de la casa donde viví mi infancia y mi adolescencia primera estaba cubierto de hule, que se cambiaba cada tres o cuatro años; al final había una especie de desván, entre la parte superior de la puerta y el techo de mi habitación. La cocina era de carbón, con un horno y una fregadera de piedra a la izquierda; la ventana daba un patio interior por el que se oían las conversaciones de los pisos inferiores; el nuestro era una buhardilla en la que convivimos cuatro personas durante bastantes años; quienes vivían debajo disponían de más superficie y de dos cuartos de baño, frente a un aseo provisto de ducha que ofrecía nuestra vivienda, bastante más humilde.

En aquellos años descubrí los jardines de Begoña, el parque de Isabel la Católica, la playa, el colegio, los compañeros, las reprimendas caseras, las primeras fechorías, el primer desengaño, mi primer amigo; en aquellos años nos obligaban a rezar en el colegio y a cantar no sé qué, y había cosas de las que no se podía hablar, o eso decían los mayores. La verdad es que tengo un recuerdo feliz, sin creer que cualquier tiempo pasado fue mejor, y que desapareció aún niño, cuando hice mis primeros viajes. El autobús que nos llevaba a Francia era nuevo y muy rápido; en un cassette que no era entonces antiguo, sonaba la estrella de David y yo la recuerdo en el duermevela de la madrugada, mientras nos abríamos paso entre jirones de niebla que cubrían la carretera. Cuando regresé todo fue diferente, y siguió cambiando hasta hoy, en que una sucursal de la Caja de Ahorros me recuerda aquella antigua vivienda, con la acera en la que jugábamos de niños. Algunos han ido desapareciendo de nuestro entorno más próximo con el paso del tiempo, pero otros seguimos caminos paralelos y nos reencontramos con la misma frecuencia con la que discutimos, mientras disfrutamos juntos de lo que hubiese resultado imposible en aquel entonces. Me alegra que podamos compartir todavía tantas cosas muchos más años, pero siempre sin olvidar las aceras en las que crecimos, cuando soñar no era un lujo inalcanzable y la felicidad vivía en el quiosco de la esquina.

De vacaciones

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Escribir es, a veces, dejar volar la imaginación sobre el papel. Los recuerdos amargos son poco solubles en el olvido y la memoria los guarda celosamente, mientras otros, que nos han llenado de alegría, se diluyen fácilmente en la memoria. Cuando era joven recorría solo las calles de Gijón, buscando a otro yo que no encontraba nunca. Después de muchos años, sigo igual, entre las luces rutilantes de la playa y la tenue iluminación del recuerdo de otro tiempo en el que tampoco fui feliz. Huyo de los fantasmas que me persiguen, pero no escapo de mi propia conciencia, que siempre dice lo pude ser y no fui. En el fondo, soy feliz; nada ni nadie me pueden quitar lo vivido entre el tedio del trabajo y la desilusión. Mañana me esperan nuevos asuntos, como si esta noche no hubiese existido nunca, como si hubiese sido capaz de haber hecho un éxito de mis fracasos, y me sumiré nuevamente en la rueda de cada día, en la que jugamos a ser felices.

Oscar

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A Oscar nunca se le olvido el primer contacto de sus labios con otros ajenos. Fue un beso robado, de adolescente con hormonas e ideas revueltas, un beso furtivo que recuerda después de los años. Alfredo paso una vida escondido en el armario de la frustración y el desencanto, antes de salir enorgulleciéndose de su condición, pero sin olvidar la primera vez que sonrió sobre su piel la de un amor frustrado por el tiempo y el estado. Oscar, muchos años después, con la piel cicatrizada por amores que vinieron con la misma intensidad que dejaron un vacio en el alma y otra marca en el corazón, se dedicó a las relaciones compradas con dinero, como salida fácil a una soledad voluntariamente sostenida. Aquel día, con mas copas de las que el uso de la razona conseja, se detuvo en el Muro, ante una rubia de formas exuberantes, en la que la barba incipiente delataba otros mundos. Cuando, mas tarde, miro entre sus piernas, los ojos que conocía hace tiempo, le sonreían con un rictus de victoria.

Nos vamos de vacaciones

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Volver a vivir el recuerdo de la adolescencia es el recurso de quienes no hemos trascendido la juventud. La misma playa, las mismas luces sobre el Madrigal, no quitan los treinta años que me separan de un tiempo en el que los vinos a seis pesetas tampoco me hicieron feliz. Los años pesan y pasan, pero no cambian la base en la que se asientan nuestros valores: Soy y seré pobre, da igual el dinero que haya ganado. Nadie cambia nada, nadie modifica esencialmente el entorno que nos rodea, seguimos las pautas adquiridas por encima de los condicionamientos sociales y económicos, sin otra esperanza que terminar de modo no sustancialmente diferente al que hemos sido. Siervos de la gleba nacemos, morimos esclavos de un orden preestablecido en el que tampoco tenemos mucho que ver. Mañana, lejos de todo y de todos, seré algo más libre. Por poco tiempo. La realidad regresa inexorable cada día, para hacernos esperar un final en el que no seremos sustancialmente diferentes de aquello para lo que hemos nacido

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