Blanco y negro


La instantánea se corresponde con el luminoso del desaparecido Teatro Arango, visible mediada la cuesta de Begoña y que anunciaba el título de la pelítula en cartelera; recuerdo haber visto allí El Cazador, cuando las tardes de diario ofrecían sesión continua. Donde actualmente presta sus servicios una peluquería, un café del mismo nombre que el cine, abrió sus puertas durante muchos años, entre La Merced y Menén Pérez, que entonces, todavía estaban abiertas al tráfico rodado.

Cuando de niño, mis mayores me contaban anécdotas, mi mente las reproducía en blanco y negro, como las películas antiguas, mientras que mis propios recuerdos, mucho más vivos, se dibujaban a todo color en la memoria reciente; ahora me percato de que la cafetería Arango, el cine; el Mecheru, frente a Concepción Arenal, chigre de toda la vida en planta baja, mi antigua academia de inglés, se me aparecen en blanco y negro, como la fotografía que ilustra la entrada de hoy, y me doy cuenta de que marca esa imperceptible frontera entre ser mayor y empezar a hacerse viejo; y eso no me gusta, por inevitable y consustancial con la propia vida sea.

 

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