San Lorenzo


Nunca conocí las torres de San Lorenzo de este modo, pero sí recuerdo el kiosko en los Campinos de Begoña, donde hace muchos años nadaban unos cuantos patos que me paraba a mirar de la mano de mis padres, antes de llegar a la playa por la calle Capua. Entonces quedaba a la vista la extensión del actual barrio de la Arena, aún sin edificar, mientras los chiquillos nos bañábamos en la Escalerona y aledaños. Los recuerdos del pasado desconocido se aparecen en blanco y negro, como en la instantánea, aunque haya conocido la calle de Covadonga sin los edificios actuales, construidos a raíz de la especulación urbanística de un desarrollo mal entendido. A veces tengo la sensación de subir desde Begoña hacia el café La Aurora, cuando a su lado vendía sus productos una tienda de comestibles, a ver como jugaba Arturo la partida al tute en la Peña Ambulante y bajábamos después hacia el Alcázar y la calle Buen Suceso muchos años antes de que la ruta de los vinos fuese moda y cuando faltaba una eternidad para acoger el mal gusto del botellón de madrugadas sucias y ruidosas. Otra prueba más de que Alejandro Pumarino se hace definitivamente más viejo que mayor.

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