Roncero


Salta la noticia por tratarse del restaurante más caro del mundo en el que el menú cuesta mil quinientos euros, menú o como quiera llamar el Sr. Roncero, chef con dos estrellas Michelin a su nuevo concepto de comida.

Efectivamente, al parecer el asunto consiste en encerrar a doce comensales en un espacio de setenta metros cuadrados en el que, durante tres horas, veinticinco profesionales les ofreceran una variedad de sabores, texturas, videos y audio en una experiencia singular.

Como se comentaba en este mismo espacio hace escasas fechas y en lo relativo al maridaje del champagne Mumm con el jugo de coral, tengo la sensación de que el asunto este de la hostelería (ahora se llama restauración), empieza a alcanzar cotas notabilísimas de estupidez. Las críticas de todos, digo todos, los establecimientos en los que se gasta uno un dineral para salir con hambre, señalan que en tal o cual sitio prima “la calidad del producto”, y que el profesional solo pretende “potenciar sus cualidades” o su “sabor”. En principio me parece muy bien, solo que, partiendo de tal base, no entiende uno como se pueden servir lomos de lubina del Cantábrico sobre crujiente de algas con pil pil de tinta de calamar tropical al aroma de eneldo, por poner un caso. Y después, el nombre del plato en cuestión, es sensiblemente más largo que el pez servido, que uno no llega tampoco a comprender como de una lubina de kilo pueden salir media docena de raciones en un restaurante de alto nivel. Tampoco comprendo muy bien si la comunión con vídeos o determinadas piezas musicales convierte la necesidad fisiológica de la comida en una experiencia mística que nos acerque a la divinidad. Yo, desde esta ignorancia gastronómica, y hablando de Dicentrarchus (léase lubina o róbalo), les doy un consejo: Tómese media pieza de a kilo desespinada, sazónese al gusto con sal marina, colóquese con el corte hacia abajo, en una superficie férrea a bastante temperatura, dele la vuelta a los dos o tres minutos y sírvase a continuación en el plato. Un poco de lechuga bien aderezada y tendrá una experiencia no mística, pero casi religiosa si la pieza es buena, como suelen serlo en este batido mar Cantábrico.

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