Inma Sequí


Dª Inma Sequí, de tan solo dieciocho años de edad (personalmente la considero un poco joven para estas lides de la política), fue golpeada a la puerta de su domicilio por al menos tres individuos, al grito de “fascista”, terminando con sus huesos en el servicio de urgencias del hospital de turno.

Nadie debería ser agredido físicamente por sus ideas políticas, y menos la presidenta de un partido democrático de su región o provincia; el hecho es execrable y la práctica totalidad de las formaciones lo condenan, pero al margen de la crónica, existe un elemento de reflexión sobre el particular. Cuando se habla desde el prisma del progresismo, de la solidaridad y de la regeneración democrática, da la sensación de que en su lado de la línea que los separa de los conservadores, ni existe la violencia, ni el insulto ni todo aquello de lo que se acusa por su parte a quienes disienten de tal pensamiento políticamente correcto. Aunque sean unos bárbaros los autores de la agresión, aunque no tengan, ni se les reconozca, filiación partidista alguna, la misma consideración se debería tener cuando los acontecimientos ocurran del otro lado de la raya, lo que suele aprovecharse para tildar de fascista, precisamente, a la oposición democrática y absolutamente respetable.

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