La demagogia del discurso


El ‘golpe’ de Felipe González tuvo éxito y nos han entregado la oposición”, dijo triunfante el líder de Podemos, Pablo Iglesias. El secretario general de la formación morada quiso hacer una exhibición de fuerza y unidad con una arenga hacia las bases. Bases divididas entre lo que él llamó “el radicalismo” y “el discurso moderado” que intentó soterrar. Bases que no pudieron escuchar ni una palabra de la boca de su ‘número dos’, Íñigo Errejón, porque solo hubo una hora para que Iglesias hablara. “A las 20:30 tenemos que abandonar el cine y solo da tiempo a cuatro preguntas de los asistentes”, señalaron los responsables de Organización.

Un acto plagado de contradicciones en el discurso de Iglesias, quien quiso reactivar a las bases con su alegato radical e incendiario para, a la vez, neutralizar la “campaña del miedo” hacia Podemos que achaca, por supuesto, a los medios de comunicación. Así, Iglesias habló de que “es imprescindible podemizarse”; “hay que construir contrapoder en los bares y discotecas”; “necesitamos a una militancia que lleve el combate a la sociedad civil” o “por nuestras venas corre la sangre de los luchadores antifranquistas”.

El discurso podemita empieza a ser cansino por manido, a la vez que se empieza a percibir el rancio aroma del totalitarismo mesiánico del líder supremo, con la notable ausencia del Sr. Errejón.

De todos modos, voy a hacerle una recomendación profesional al Sr. Iglesias. Si por sus venas corre la sangre de los luchadores antifranquistas, hágaselo mirar, estará rancia, y puede suponer un problema serio de salud. Si no era literal, y debemos interpretarlo como un símil, hágaselo igualmente mirar; el dictador falleció de muerte natural en su cama, hace más de cuarenta años y en este país siguen celebrándose elecciones periódicamente, con alternancia en el poder, sin que haya sido necesaria revolución o batalla alguna. Preferería que corriese por su torrente sanguíneo una sangre fresca, renovada, democrática, dispuesta a participar en el juego político y a reconocer que, mientras obtuvo la nada desdeñable cifra de cinco millones de votos, el partido Popular casi lo dobló en los resultados; estos votantes no son ni franquistas, ni despistados, como le espetó D. Mariano en el hemiciclo; son “gente” que mayoritariamente, a día de hoy, determina quien fue ganador y quien perdedor en la última covocatoria ante las urnas.

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