Diego Matamoros


Me enteré el otro día de su existencia, joven que ocupa la portada de una revista del corazón sin otro mérito que ser hijo de su padre, o sea. “Look” “cool”, cuerpo tratado en gimnasio, participante en GH y programas similares, venta de exclusivas, ora en contra, ora en favor del autor de sus días y recientemente detenido por violencia de género solicitando su pareja la correspondiente orden de alejamiento.

Es precisamente este último aspecto el que menos me preocupa sobre el particular; el fondo del asunto no es otro que la escalada a la fama sin más mérito que haber nacido en determinada cuna; por lo menos, y aunque Alejandro Pumarino sea heterosexual convencido hasta el momento, el muchacho es más agradable a la vista que Paquirrín, quien al parecer, ultimamente, pincha discos; se conoce que la cosa de la canción es más complicada y el camino se llena de obstáculos con más facilidad. Diego Matamoros está ahí, percibiendo unas cantidades insultantes de dinero -insultantes para quienes han de trabajar más de ocho horas diarias sin alcanzar mil euros al mes- por su simple pressencia o la venta directa de casquería relacionada con su vida privada. Personalmente me importa un comino el carácter de su padre, las discusiones con su novia y la estancia en Gran Hermano; a lo largo de estos años he aprendido a emplear el tiempo libre en asuntos mucho más interesantes, como transformar el vino gaseado criado en cava, en orina. Así de simple.

2 Responses to “Diego Matamoros”


  1. 1 J. L. Del Valle 20,marzo,2017 en 9:11 pm

    El problema no son los personajes que inundan las revistas de papel cuché, como este muchachito. El problema de esta vieja Nación es que tales personajes sean fuente de un muy lucrativo negocio, debido a que hay una enorme demanda de compradores de chismorreo, tan inútil, como vacío de todo contenido. Pero, ye lo que hay, y hay que respetarlo, como no podría ser de otra manera.

  2. 2 Alejandro Pumarino 21,marzo,2017 en 9:45 am

    Estimado D. José Luis:
    Hay que respetarlo, pero no podemos quedar indiferentes ante el embrutecimiento. En la entrada de hoy recuerdo las tardes de pesca, de chiquillo, cuando no nos atrevíamos casi a “pelar la pava” en alguna acera; hoy desgraciadamente, han cambiado los valores y cuenta más parecerse a Matamoros o cualquier otro mindundi, que sacar la chopa más grande; se conoce que me hago mayor sin delicadeza o que me he convertido en un tipo gástrico, pero me decanto claramente por la segunda opción. Y no hemos sido una generación tan mala, ¿verdad?. Falta por ver lo que sucede con las venideras…


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