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El Muro (otra vez)

Casi cincuenta años más tarde se disparó esta instantánea, concretamente desde el Hotel Asturias y en 1.973. El aspecto del Muro no es sustancialmente diferente del que presenta a día de hoy, cometida ya la barbaridad urbanística que supuso la proximidad de edificios excesivamente altos e inestéticos a la misma playa, aunque llaman la atención las “setas” que iluminaban la avenida y el paseo. La Escalerona llevaba décadas construida y el aspecto del Campo Valdés sí es distinto a como se conoce hoy en día. En aquellos años cursaba Pumarino su bachiller en el Instituto de Jovellanos, que ya no estaba en la calle del mismo nombre, sino en la Avenida entonces llamada, de Fernández Ladreda, en la que se alineaban los estudiantes universitarios haciendo “auto-stop” hacia la capital del Principado; no tardaría quien suscribe en seguirlos, si bien entonces nos colocábamo sn Sanz Crespo, la reciente entrada a la autopista que existe aún a día de hoy.

La Escalerona

En el año 1.928 no se había construido la Escalerona, carros de bueyes circulaban por el Muro y la gente caminaba con “madreñes” sobre un firme penosamente urbanizado. Faltaban años para que viese la luz Alejandro Pumarino, aunque sus progenitores ya pululaban por este mundo, que cambió más en los últimos cincuenta años que en todo un milenio. Muchas veces me apetecería sumergirme en aquel Gijón antiguo para recorrer las calles que aún no existían y los edificios que ya no están; la perspectiva viene dada por los años, para los que una vida es insultantemente corta.

El Jazmín

No me gustaba acompañar a mi madre a “El Jazmín”, donde adquiría hilos, botones y otros artículos de la mercería; era entonces un chiquillo -en el momento de tomarse la instantánea, en 1.973, contaría doce o trece años- que cansaba de aguardar las largas colas de mujeres que formulaban interminables pedidos. Siendo ya un hoimbre, se derribó el edificio, trasladándose a la Plaza de Europa, donde falleció definitivamente por falta de clientela, se conoce que la costura no se cuenta entre las actividades habituales de la ciudadanía -decir mujeres hubiese resultado políticamente incorrecto- actual, más ocupada en otro tipo de problemas más trascendentes.

Por aquel entonces la zona estaba abierta al tráfico rodado, y constituía el comienzo de la Carretera de Oviedo; un poco más arriba, a la altura del Instituto Jovellanos en el que yo estudiaba, los universitarios hacian “dedo” hacia Oviedo; algunos años después me tocó ocupar los mismos puestos, pero ya en Sanz Crespo, donde comenzaba la actual autopista. Los estudiantes terminaron por desaparecer de los márgenes de las calles y carreteras y conducen, las más de las veces, automóviles mejores que quien suscribe; cuesta adaptarse al tiempo cuando uno trata de regresar el favor que mucha gente me hizo, ahorrándome los cinco duros del ALSA.

El Muro (II)

La fotografía se cree que es del año 1.975; respecto a la publicada hace escasas fechas, realizada en la primera década del pasado siglo, las diferrencias son notables. El “boom” de la construcción, de una especulación inmobiliaria que terminó con la belleza natural de una playa única, ahogardon el “martillo” de Capua entre edificaciones de pésimo gusto, bajo coste, gran margen comercial para las empresas constructoras que además, crearon la necesidad entre la ciudadanía, de poseer un trozo de planta en un inmueble con vistas al mar. Fue el triunfo de la propiedad horizontal frente a la obra de Mariano Marín, responsable de su construcción, iniciativa de Alejandro Alvargonzález, y se quedó ahí, estorbando un tráfico rodado en aumento que terimón por pedir -inexplicablemente- su demolición. Está bien donde está, recordándonos a todos el triunfo del buen gusto sobre la especulación, aunque quede empequeñecido dentro de una ciudad especialista en devorar sus propios espacios naturales.

El Muro

No era nuevo en 1.910, año en que fue tomada la instantánea, el martillo de Capua y la parte derecha de la imagen ayuda a entender el nombre de “Muro” que recibió el paseo playero de Gijón. Apenas se adivinan edificios en la calle Ezcurdia, mientras Emilio Tuya no alcanzaba siquiera la categoría de poyecto. faltan, naturalmente, las obras del ensanche hacia el barrio de La Arena, mientras lo que se aprecia, con cierta dificultad, algo más allá de lo que sería actualmente la escalera cinco o seis, es literalmente campo abierto. Faltaba un cuarto de siglo para la Guerra Civil, que no impidió la muerte de todos los que se ven en la imagen, condenados, como cualquiera de nosotros, al paso efímero por una vida que siempre resulta escandalosamente corta.

De banderas

Parece ser que se pide la dimisión de un condejal sevillano por el “Tweet” anterior, en el que defendía la bandera preconstitucional -o franquista- en los términos perfectamente legibles en la imagen que ilustra nuestra entrada de hoy.

No cuestiono las solicitudes, seguramente razonadas y razonables, de conspicuos progresistas -y no tanto- sobre la dimisión del edil sevillano, pero ello me obliga a preguntarme, ¿cuantas dimisiones de concejales, alcaldes, diputados y otros cargos políticos de distintas formaciones deberíamos pedir por haber ondeado la bandera republicana, igualmente preconsitucional e ilegal?.

Tal vez no falte quien me recuerde que la tricolor evoca un tiempo mejor que los cuarenta años de dictadura franquista, y tiene razón en parte. Efectivamente, tras el golpe militar es cierto que se produjeron detenciones -y asesinatos- por cuestiones políticas, tan verdadero como que resurgió la economía, se creó la Seguridad social (muchos piensan que fue obra del Sr. González, pero el andaluz, que mejoró mucho la institución, ya la encontró inventada y funcionando), nacieron las pensiones no contributivas (tampoco fueron obra del socialismo, que se limitó a actualizar el reglamento, mendiante una pésima traducción de las tablas americanas para la determinación del grado de discapacidad en 1.984, en las que ni siquiera los socialistas se molestaron en pasar las medidas de pulgadas a centímetros, está ahí para que lo lean ustedes) y se universalizó la educación en todos los ámbitos sociales. Y no es menos cierto que la Segunda República fue corrupta, facilitó intrigas y crímenes y no resultó  modelo político ni para España ni para nadie.

Y, vamos a recordrlo, actualmente España tiene una bandera bicolor, con un origen muy anterior al franquismo, aunque parece que haya gente a la que se le ha olvidado, y que lucen, como el Sr. Puigdemont, la enseña aragonesa, de la que se apropiaron los catalanes, que nunca fueron reino, a diferencia de los maños.

En fin que uno, en su ignorancia, entiende el motivo por el que a nuestros actuales dirigentes les ineresa la ignorancia en la población: La manipulación y el maniqueísmo, a la orden del día, resultan extremadamente más sencillos.

Y como colofón: Sepan vds., queridos y escasos lectores, que Alejandro Pumarino “pasa” ampliamente de banderas, grímpolas y gallardetes.

Moros y Corrida

Las instantáneas que ilustran nuestra entrada del día, recogen como eran las calles Moros y Corrida en el año 1.973. En aquel entonces jugaba Alejandro Pumarino en Begoña, y frente al Instituto Jovellanos, antes de intentar entrar en el cine Robledo (en la fotografía inferior) para los pases “mayores de catorce años”; Corrida no era peatonal, y se ve un “seiscientos” que no era nuevo siquiera entonces. Simago, “el pequeño” (abriría otro entre las calles Libertad y Donato Argüelles, de mayor envergadura), era un establecimiento considerable, que tenía entonces una escalera mecánica, única en la ciudad. La esquina de “Glendor” en la imagen superior, me traslada a otros tiempos en los que obsequiaban a los chiquillos de entonces que se vestían en ella, con unas pelotas amarillas, de mediano tamaño, que siempre envidió quien suscribe, cuyos padres no disponían de posibles para según qué establecimiento de la plaza. Empieza uno, decicidadamente, a ser excesivamente mayor.