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El regreso

El tiempo es curioso porque corre de modo diferente según la gravedad, aunque para nosotros siga un curso inexorable, cuyas modificaciones son tan inútiles como imperceptibles. Pasamos por el mundo en una suerte de parpadeo cósmico, mientras parece ser que los segundos corren de diferente forma según la galaxia o el sistema solar; así  supuesto, estos tres meses de ausencia han sido menos que nada en el devenir de una vida, cuanto más en nuestra pequeña historia local de la que nuestra imagen es una sencilla muestra. Así lucía la plaza del Carmen hace algo más de ochenta y cinco años, lo que hace pensar que la práctica totalidad de personajes asomados en la instantánea hayan fallecido ya. No importa. Su sitio fue ocupado por otros, del mismo modo que otros también nos sustituirán más temprano que tarde, y no seremos más que sombras en la historia, con mejor color que nuestros ancestros por una mera cuestión técnica. Vuelve uno con ilusión, pero menos fuerza, con muchas ganas, pero más desencanto; el curso de los acontecimientos políticos no sigue un cauce marcado por la concordia ciudadana; el trabajo resulta cada vez más complejo y peor remunerado y se siente uno cada día más próximo a esos personajes inmóviles de la fotografía que ilustra nuestra entrada, que parecen empezar a acercarse a nuestro actual barrio del Carmen, donde se venden, hoy en día, los minutos más fáciles de la jornada, contemplando el paso del tiempo con la tranquilidad de la resignación.

Marqués de San Esteban

La instantánea recoge el final de la calle Marqués de San Esteban en Gijón hacia el años 1.955, fecha próxima a la que Alejandro Pumarino vio por vez primera la luz en este Gijón del alma. Recuerdo esa zona, próxima a los astilleros, casi como marginal, tan alejada del área de ambiente nocturno en Gijón que supone en la actualidad, y con un aspecto parecido al de la fotografía, con la calzada empedrada y las vías, no recogidas en la imagen, llenas de barro y suciedad de la industria naval vecina. En el fondo, y aunque cualquier tiempo pasado no fue mejor, echa uno de menos ciertas cualidades de aquel tiempo lejano, más entrañable y próximo, y sobre todo en algunas zonas de la villa, en las que la actual moda de consumir sustancias psicotrópicas y un buenismo social de difícil explicación, transforman el ocio en una aventura que puede terminar resultando peligrosa.

El Muelle

A veces, la mar golpea el puerto de esta guisa, de la que hemos tenido ocasión de ver pocas veces. La foto es antigua, cuando el edificio visible existía (creo que llegó incluso a haber un bar) y las grúas desaparecidas me trasladan a una infancia excesivamente lejana.

Gijón antiguo

Calle Jovellanos, al fondo la farmacia Arza, el almacén Montecarlo en 1.967

De Gijón

Ya comentamos en este mismo espacio, que el edificio del Banco de Castilla era mcho más interesante que el actual bloque de granito que alberga desde un restanrante moderno a una entidad bancaria. En la instantánea que ilustra nuestra entrada de hoy, se ve también la calle Buen Suceso, sesenta años antes de convertirse en la “ruta de los vinos” en la que un adolescente Alejandro Pumarino tomaba sus primeros vinos (se servía alcohol desde los dieciséis legalmente en aquellos años), respetando La Taberna Gallega y el Corona, establecimientos habitualmente ocupados por gente de más edad, mucha menos de la que cuento hoy, desgraciadamente. La fotografía data de 1.910 y también llama la atención el kiosco de la época en la actual plazoleta de Florencio Rodríguez.

Begoña

Rebuscando en las fotografías de Gijón antiguo alguna instantánea en la que se viese el Café Begoña, antes café La Aurora, hacia los años sesenta, tiempo en que lo regentaba “Galache”, personaje irrepetible, encontré esta imagen, fechada en 1.925. Comprendí al verla, que ya entonces mis padres circulaban por las aceras de ese Gijón medio desierto, sin apenas automóviles, antes de la Guerra Civil -y de una Mundial- con la antigua fachada del Teatro Jovellanos que Alejandro Pumarino nunca llegó a conocer.

Mercedes

Junto al nuevo “Simago”, aunque hubiese abierto sus puertas bastantes años antes, tal era la referencia que tenía quien suscribe para uno de los restaurantes más emblemáticos de Gijón durante muchos años. Nunca entré. Estaba lejos de las posibilidades económicas de mi familia -y de las mías, por supuesto-, pero recuerdo la luz cálida del establecimiento en la primera hora de la noche, cuando regresaba al domicilio familiar, aún chiquillo, o algo más tarde, cuando caminábamos desde la entonces muy transitada, calle Buen Suceso.